«Programa, programa y programa». Esta era la frase lapidaria de Julio Anguita, excoordinador general de Izquierda Unida, con la que resumía su estrategia política. Y tenía mucha razón: los partidos políticos son asociaciones que buscan alcanzar el poder presentándose a las elecciones para aplicar un programa de gobierno. Es precisamente ese programa de gobierno, elegido entre varias propuestas, la que luego se convierte en normas jurídicas que nos afectan a todos.
La pasada Nochebuena, entre villancicos, turrones, polvorones, niños corriendo, perros ladrando y abnegadas madres preparando suculentas cenas, el rey Felipe VI pronunció un discurso que se puede resumir en «Constitución, Constitución y Constitución».
A ver… aunque sea una perogrullada, el jefe del Estado tiene que defender el propio Estado. Si no, no tendría razón de existencia. Y tiene que defender el ordenamiento constitucional. No es raro que el monarca cumpla la Constitución. De hecho, es su obligación.
Lo raro es que los 12 minutos que dura el discurso navideño, uno de los más importantes del año al dirigirse directamente al pueblo soberano que le sustenta, estén prácticamente monopolizados por un discurso de defensa constitucional, y apenas haya hablado de otros temas, siempre vinculándolos a la ley fundamental.
A simple vista, pareciera un discurso extraordinario por una situación urgente y excepcional, como fueron el del 3 de octubre de 2017 por el referéndum ilegal de Cataluña o el del confinamiento del largo marzo de 2020, más que un mensaje de un 24 de diciembre normal y corriente. Eso es lo que más llama la atención. Todo lo demás, como emplear palaras ambiguamente grandilocuentes, críticas posteriores de independentistas y republicanos, y elogios de los grandes partidos, está dentro del guion de todos los años.
No hace falta tener un doctorado en comunicación política para que cualquier persona se dé cuenta de la intencionalidad del mensaje: en pleno debate de la amnistía y una cada vez mayor y nada deseable polarización sociopolítica, el rey constitucional cumple su deber constitucional enviando un mensaje de defensa constitucional a quienes no respetaron en su momento la Constitución y para tranquilizar a quienes sí lo hacen. Muy redundante todo. De hecho, sorprende que haya pasado el obligatorio filtro que Moncloa le hace todos los años a su discurso.
Si ya hablamos de la protagonista del mensaje, ha cumplido y sigue cumpliendo bien su función de consenso democrático. Pero no hay que sacralizar el texto. Ya ha llovido mucho, muchísimo, desde 1978, necesita actualizarse. Lo que ocurre es que hay miedo a que los independentistas metan sus propuestas y, lo más paradójico en una democracia, a que la gente VOTE.
Si se ponen de acuerdo los grandes partidos, se puede hacer enseguida, ya sea eliminando el término «disminuidos» para referirse a las personas discapacitadas en el artículo 49, o ya sea para eliminar la discriminación hacia la mujer la sucesión de la Corona del artículo 57, el primer escollo se supera porque suman una mayoría suficiente para echar para atrás otras propuestas que rompan la unidad de España. Votan juntos PP y PSOE contra otras propuestas y se centran en las más socialmente consensuadas, y listo.
Y con respecto al referéndum, que es obligatorio, como medida de protección, para reformar la Corona, el título preliminar o los derechos fundamentales y las libertades públicas, en la propuesta ya aceptada de eliminar el término «disminuidos» es opcional. Para poder votar, lo tienen que pedir una décima parte de los diputados o de los senadores. Y el PP y el PSOE no quieren celebrar un referéndum.
Yo, sinceramente, creo que hasta para cambiar una mísera coma, se debe preguntar al sujeto de la soberanía, que somos el pueblo, como los únicos accionistas de esta empresa llamada Estado español. El mismo pueblo al que el rey se dirige cada 24 de diciembre a las 21 horas en todos los canales de televisión habidos por haber. Ese mensaje en el que el monarca pide «Constitución, Constitución y Constitución».
Anguita tuvo razón. El rey tiene razón. Hagámosle caso.






