La cineasta Celia Rico nos sorprende, una vez más, con un filme de carácter intimista. En palabras de muchos de los periodistas intervinientes en la rueda de prensa posterior a su proyección, se destaca por su “realidad”, por “parecer que estamos dentro de esa casa” y por “ser casi un documental”, frases que suscribo una a una.
Lo primero que se va a encontrar el espectador es a dos actrices que son auténticas fieras de la interpretación, Adriana Ozores y María Vázquez, en los papeles de Ani, la típica “madre pesada” que todos los hijos tenemos o hemos tenido, y su hija Teresa.
La clave de la cinta es la naturalidad con la que sus personajes desarrollan la trama, contando con secuencias de planos largos, algunos de 7 minutos de duración, pero en la que cada palabra cuenta, porque el propio silencio acapara parte de la película. Naturalidad que se manifiesta incluso físicamente, en una casa de campo del pueblo donde reside Ani (Ozores).
El argumento principal se centra, como en Viaje al cuarto de una madre, en la relación entre madre e hija, aunque esta vez con la segunda cuidando de la primera tras un pequeño traspiés cuando paseaba a su perro en el campo. Salen a la luz reproches y anhelos inhibidos. Anhelos que se manifiestan simbólicamente en el uso de los móviles.
Una de mis compañeras en la rueda de prensa interpretó el uso de las nuevas tecnologías como algo peyorativo. Sin embargo, para mí refleja la importancia que tienen, por ejemplo, para acortar distancias en una relación sentimental, para buscar información, para limpiar la casa o incluso como excusa para conocer más a una persona (por ejemplo, compartiendo música).
Como en casi todo drama intimista, el agua forma parte fundamental también, en escenas en las que uno de los personajes se ducha, o cae un chaparrón que refleja el estado de ánimo del personaje.
Los libros son casi también protagonistas, al leerse algunos como el que pone el título a esta crítica, Las ilusiones perdidas, y que, en un momento de la historia, se cita.
Según palabras de la directora, el título del largometraje hace referencia a esos “pequeños amores” que tenemos cerca nuestra, ya sea un familiar, un perrito o una persona que acabamos de conocer.
En definitiva, es una película que entretiene, que no se hace larga precisamente por el uso del silencio se contrarresta con planos largos de unas actrices que se comen la pantalla, transmitiendo veracidad. Espero que recobréis la ilusión por el cine cuando la veáis.






