La próxima celebración del evento otaku FicZone 2024 en Granada los próximos días 6 y 7 de abril sirve para recordar algo obvio: los cosplayers son personas. Tienen dignidad. Y tienen intimidad.
Tienen dignidad para caracterizarse como les plazca, sin temor a que puedan ser señalados, sexualizados o incluso manoseados por el mero hecho de querer pasar un buen día trabajando en lo que más les apasiona.
Tienen intimidad para que no se les hagan fotos mientras están comiendo, desvistiéndose, besando a sus parejas, o simplemente haciendo cosas distintas de su condición de cosplayer.
Claro que entendemos a los fotógrafos que viven de lucrarse, legítimamente, de las imágenes que captan. Pero en cualquier profesión existen límites morales que, en el caso de la información, solo pueden verse eximidos en el interés público. Y hablamos de «interés público», no «interés del público». Porque «interés público» con las actividades públicas que realizan estas personas que son cosplayers.
Y, por ejemplo, «interés del público», saciar la simple curiosidad sin que redunde en la cultura pública que es el manga, sería fotografiar, sin consentimiento, a una pobre señora que está comiendo ramen en una mesa. ¿Qué interés público tiene eso? Porque una noticia o despiece informativo puede acompañarse por imágenes de recurso captadas previo consentimiento.
Por tanto, los profesionales de la fotografía deben tener en cuenta los límites deontológicos de su profesión. Límites que los periodistas sí conocemos, y que ellos también deben conocer. Un periodista de verdad nunca jamás revela una fuente que no quiere ser revelada. Y un fotógrafo nunca jamás debe captar la imagen de una persona que no quiera ser captada. Sea cosplay o barrendero.
Los hay que siguen en sus trece y que consideran que su trabajo se encuentra por encima de códigos deontológicos, de la Constitución, de la Ley y de la propia moral humana. Por eso es necesario recordar algo tan básico como que los cosplayers son personas.





