Este pasado fin de semana, dos usuarias de X, la antigua Twitter, publicaron contenido que provocó una incomprensible e indiscriminada oleada de mensajes de odio.
La usuaria Señorita Armstrong publicó una foto de un peluche que coleccionaba de McDonald’s. Supuestamente, esta empresa apoya al Estado de Israel, y sirvió de (pobre) excusa para que aparecieran usuarios con mensajes de odio e insultos hacia una persona pacífica que solo disfrutaba de forma inocente con una de sus pasiones. Al final, abandonó la red social de Elon Musk durante un par de días.
Al día siguiente, la conocida streamer Nía Cosplay criticó libremente la evidente hipersexualización de uno de los personajes del videojuego Stellar Blade, que podéis ver aquí. Recibió muchísimo odio, hasta el punto de que uno de los usuarios deseó su propia muerte. Tuvo que ponerse un candado en su cuenta. Un candado sirve para proteger las publicaciones, que no puedan ser retuiteadas y que solo sus seguidores puedan ver lo que publica.
Claro que hay que proteger la libertad de expresión y el debate sano entre ideas radicalmente diferentes. Es necesario para formar una opinión pública libre y democrática. Pero todo tiene un límite. Y ese límite es el respeto a la dignidad humana.
Con insultos, amenazas y deseos de muerte, no hay respeto ni, por tanto, libertad. Si bien es muy legítimo (y puede que incluso loable) criticar el apoyo de multinacionales a ciertos gobiernos, o estar en desacuerdo con opiniones de cualquier producto cultural, no lo es tanto tomárselo como una gran afrenta personal y denigrar y machacar a alguien por ello.
Hay que denunciar los mensajes que se pasen de la raya, que denigren la dignidad humana. Porque el odio no es democrático. Y hay que combatirlo.






