El próximo mes de septiembre comienza la celebración de exámenes de una de las ofertas de empleo público estatales más numerosas de la historia. Más de 100 mil opositores se esfuerzan diariamente para conseguir su objetivo de empleo estable.
Más allá de candidaturas políticas o de loterías, obtener una plaza de funcionario es hoy en día un gran premio basado en la igualdad, el mérito y la capacidad.
Es el momento del sacrificio, de dejar de lado otros estudios, legítimos objetivos, comidas familiares, fiestas o ferias. La Feria de Málaga no se va a mover de agosto, y el próximo año seguirá, pero la plaza es única.
Es el momento de tener la mayor de las confianzas en que se va a conseguir la meta principal, de compartir experiencias con otros opositores y apoyarse mutuamente. La conformación de comunidades de estudiantes se ha demostrado que resulta positivo, porque se retroalimentan, generan apuntes propios. La mentalidad competitiva no funciona en estos casos, y ha de prevalecer la colaboración, como nos ha enseñado el dilema del prisionero y la teoría de juegos.
Es el momento de que el propio entorno de los opositores también sea consciente de lo mucho que se juega, sin hacer prevalecer situaciones nimias y entendiendo en todo caso el estado anímico del sufrido corredor de fondo, expuesto a estrés constante, a evidentes y más que comprensibles miedos, incertidumbres y frustraciones por no cumplir determinados objetivos de estudio algunos determinados días. Todo ello en una maratón contrarreloj frente a miles de opositores. Levantarse tras caerse, la capacidad de resiliencia, es también clave en el éxito de un opositor.
Es el momento, en fin, de un último empujón en aras de conseguir una plaza que repercutirá en toda la ciudadanía. No en gastos ni connotaciones negativas, sino en la aportación de un valor esencial en una democracia: la defensa imparcial del interés general.





